08:00 h: Enciendo el ordenador para ver si las entradas ya están a la venta. Es posible que los promotores sean madrugadores.
08:05 h: Me percato de que aun no lo están. El anuncio sigue diciendo “próximamente”.
08:10 h: Caliento la leche. Hace frío.
08:15 h: Vuelvo a mirar el ordenador. Sigue diciendo “próximamente”.
08:18 h: Me hago unas tostadas. Tengo hambre. Los nervios, supongo.
08:25 h: Comienzo a quitar el polvo de la lámpara. Nunca la había visto tan sucia.
08:30 h: Sigue diciendo “próximamente”. Esta gente no madruga tanto. Normal.
08:35 h: ¡Qué de polvo tiene la lámpara! Esto me lleva más tiempo de lo que pensé.
08:43 h: Voy a meter una colada. Ya que estoy.
08:51 h: Le echo una miradita de reojo al ordenador. Uno nunca sabe. Pero nada. No hay novedades. Acabo con la lámpara.
08:59 h: Me siento frente al ordenador. Ya van a ser las 9. Esto promete. Que abren la venta… que la abren… que la abren…
09: 01 h: No. No la abren.
09:02 h: Aprovecho y mando un par de email que tenía pendientes, uno de ellos al director del coro, que me pidió las fotos que había tomado hasta ahora en los ensayos.
09:29 h: Mandar email es lo que tiene. Que uno se entretiene y ¡zas! Cuando te das cuenta ya ha pasado media hora. Eso sí, con lo temprano que es ya he respondido varios correos. Pero ¡Eh! Que a y media abren la venta.
09:31 h: Jo. Nada de nada. ¿Y ahora qué hago? Ah, sí… ¡la comida!
09:32 h: Saco el pollo de la nevera, así adelanto. Lo aliño. Enciendo el horno. Meto la bandeja. Calculo el tiempo: “Estará listo… ¡para después de comprar las entradas!”. Perfecto.
09:48 h: Aprovecho que el pollo está en el horno y hago arroz y ensalada, que voy con retraso al trabajo, así ahorro tiempo para cuando vuelva a mediodía a darle de comer a mi familia.
09:49 h: “Próximamente”. Que no. Que no madrugan.
09:51 h: Barro la cocina entera.
09:59 h: Corro al ordenador.
10:00 h: “Próximamente”.
10:01 h: ¡Ya! Comienza la carrera. Llamo a mi marido que está en el trabajo para que se meta en el ordenador, que dice que las quiere comprar él con su tarjeta.
10:02 h: Que su ordenador no enciende.
10:03 h: Que no ¡¡¡que va lento!!!
10:04 h: ¡Uff! Ya encendió. ¿Cuál era la web?… Me dice por teléfono.
10:05 h: Tal, pero date prisa, que quedan unas cincuenta y tantas de las que queremos. ¿Compro? Le digo.
10:06 h: No. Espera. Me dice.
10:07 h: ¿Y qué tengo que esperar? Le digo… (un tono más alto)
10:08 h: ¡A que mire bien! Me dice el muy… tranquilote.
10:09 h: Tomo yo las riendas del asunto ¡¡¡Que quedan la mitad de la mitad de las que había hace 4 minutos!!!
10:10 h: La fila 10… ¡No!... la 11… ¡No!... la 12… Ay ¡que se acaban!
10:11 h: La 12, ya no espero más… ¡Enter!
10:12 h: Tiri Tiri Tiri Tiri. Yessss. ¡Aaaaaaa-le-lú-ya! ¡Aaaaaaa-le-lú-ya! Que las tengo. Las tengo. Las tengoooooo. Que me las mandan a mi email. Le digo a mi marido.
10:14 h: Las imprimo.
10:15 h: Las guardo.
10:32 h: Saco el pollo del horno. ¡Lleva allí una hora! Casi se me quema.
10:38 h: Vuelvo a mirar cuántas quedan (lo que hace el morbo, jejeje). Hay algunas salteadas (menos mal que corrí).
10:40 h: Saco la colada. La tiendo.
11:00 h: Rosa, mi compañera de coro me manda un mensaje: “Las entradas están volando” pero… ¡las ha conseguido! Me dice que Fio y María también. Que le ha avisado a Cecilia y que está intentando avisarle a Alicia. ¡Qué felicidad! ¡Qué estresssssss!
11:02 h: Me dice mi hija adolescente: “Pero bueno mamá, ni que fuera Justin Bieber”. Y le digo yo: “Hija, Häendel es mejor que Justin Bieber”. En diciembre lo verás.


