Era un día
lluvioso de primavera. Cabizbajo, caminaba calle abajo a la salida del Haymarket. Desde que
comenzaron las primeras notas de Ombra mai fú, Georg Friedrich intuyó que sería la última vez que Serse se
representaría sobre ese escenario. Y así fue. Tras esa función se retiró del
cartel. Lejos quedaba aquella época en la que el público amaba sus obras, ese
mismo que ahora le daba la espalda …
Había sido un mal
año. Las duras críticas y las deudas se acumulaban. La salud tampoco acompañaba y
sufrió una repentina apoplejía, aunque contra todo pronóstico, Häendel se
repuso casi milagrosamente pudiendo volver a deslizar sus dedos ágilmente por el clavicordio. Pero la cancelación de la temporada de ópera, había terminado
de empeorar la situación. Aunque apesadumbrado, decidió no dejarse vencer
por los infortunios y continuó con su trabajo. Compuso alguna ópera más y
varios oratorios que lo sacaron de sus problemas económicos, pero solo
provisionalmente. Su compañía quebró y el músico no veía escapatoria a esa
situación. Perdió su fe y se dejó vencer, desvaneciéndose así su inspiración
creadora al igual que su dinero.
Una noche de 1740,
cuando regresó a casa después de su paseo vespertino, su criado al abrir la
puerta le dijo: - He dejado
sobre la mesa del despacho un sobre que ha traído ese poeta que escribe para
usted. Häendel tras unos
segundos pensativo, contestó:
- ¿Charles
Jennens? No
creo que me interese demasiado. Ese joven me trajo mala suerte en mi último
oratorio, es un simple aficionado.
Subió las escaleras con torpeza, ya que las secuelas de la parálisis que afectó su lado derecho, impedían que su pierna respondíera hábilmente a las órdenes de su
cerebro. Llegó a sus aposentos y se acercó a echar un vistazo al libreto: “El Mesías” anunciaba el título de la obra. Él,
cansado ya de tantos fracasos, no tuvo intención de leerlo. Lo volvió a dejar
sobre la mesa. Tomó su cena y antes de retirarse a dormir, una fuerza misteriosa lo impulsó a tomar de nuevo el manuscrito en sus manos ...
Pasó algunas páginas y leyó los primeros pasajes: “Consolaos
… Así dice el Señor … Y purificará … La Gloria del Señor”. Su corazón se
sobrecogió y como enloquecido, se dirigió hacia su clavicordio e inspirado por
aquellas palabras del Antiguo Testamento y del Apocalipsis, comenzó a poner
notas a esos textos que según iba leyendo, le iban sanando el alma. Fueron unos
días de trabajo intenso e incesante … apenas descansaba ni se alimentaba. De vez en cuando se escuchaba a un exaltado Häendel
gritando: ¡Aleluya! ¡Rey de Reyes! ¡Aleluya! .…
Tres semanas más tarde, apaciguado
y con su gran obra acabada, salió de su retiro y exclamó: - "Creo que he visto el cielo delante de mí, y también a
Dios."